jueves, julio 07, 2005

Modus Vivendi


¿Cómo se llama, cuando el día comienza como hoy y todo está marchito y destruido y el cielo lo domina todo?
Eso se llama la aurora.
"Cela s’appelle l’aurore." Guión: Luis Buñuel, Jean Ferry, según la novela de Emmanuel Robles.

Había una vez un buey solo, que se llamaba Solo. La pasaba bien y no se quejaba, lo cual es bastante.
Comía salame y queso con pancito y tomaba whisky, ginebra, pisco y miraba la televisión, leía revistas y periódicos, por océanos de horas. En su pensión, de día y de noche se escuchaban ruidos (ruidos de los vecinos, de la calle, etc.) que él interpretaba como música. Fumaba mucho y tosía mucho, mientras leía las crónicas policiales del diario más amarillo de la ciudad, se sonreía y a veces reía. Se vestía desprolijo como rockstar pero a las que realmente amaba era a las pornostars.
Por las noches no podía dormirse y fumaba mucho y tosía mucho y le dolían los pulmones y la garganta y los vecinos lo escuchaban y pensaban, "qué poca vida tendrá este buey", y lo pensaban y lo deseaban, deseaban verlo muerto al buey. Muerto el buey se acabó la rabia, decían y se sonreían. El buey pensaba y se sonreía, mientras fumaba, mirando el techo, desde su canoa-cama, que el destino era tan azaroso que posiblemente él vaya al cementerio a despedir los restos de alguno de sus vecinos; y esa idea le gustaba, no por que los odiara, si no porque es hermoso ir a los funerales de gente por la cual uno no siente nada y después antes de volver a casa, en una mañana despejada, luminosa, sabiendo que uno está vivo. Entrar a un bar, pedir café con leche y tres medialunas, encender un cigarro y toser y sonreírse y comprar el diario más amarillo que podamos comprar.
El buey todas las noches de insomnio recordaba a Jenna, a Rebecca, a Jo, a Nikki y a los buenos viejos tiempos que ya no están, y no se cansaba de enumerar todo lo que se había ido, en una hoja de papel larga y finita :
la casa y el coche que algún día iba a tener,
la gente jugando a las cartas con las palabras,
el equipo musical,
el teléfono,
el futuro,
el perro,
el gato,
la familia,
los trajes,
tener la seguridad de no morir en un hospital publico,
la razón,
disfrazar el horror de cada día a toda costa,
la gente jugando a los dados con las palabras,
el orden,
la ciencia y la técnica aplicada a los electrodomésticos,
un buen control remoto,
los ahorros que se fueron por el caño,
las buenas costumbres,
Chasey,
la Internet,
el confort,
la puntualidad,
algún tipo de premio alguna vez,
Tracy,
la gente jugando al ajedrez con las palabras,
el aburrimiento,
una obra social con una amplia cobertura médica,
la mentira cotidiana,
la gente que no se cansa de morir.
Adiós, hasta siempre, los amo, pensaba para sí y mientras quemaba la hoja de papel larga y finita dentro de un cenicero y se quedaba viendo el fuego, y el humo que se va haciendo figuras en el aire, trataba de consolarse, de pensar en otras cosas, pero era imposible y miraba el libro de Chase que estaba leyendo, que se encontraba en la mesita de luz, al lado del cenicero, cuyo título era, "Sin dinero a ninguna parte."
Paseaba por la ciudad, caminando sin cesar. Mientras miraba la ciudad, filmaba películas con sus ojos. Olía el aire de cada rincón de las calles y los rostros pasaban cerca de su cara. En las horas pico atravesaba la ciudad en trenes repletos, en el más estrecho contacto con el pueblo, aprovechaba para masturbarse.
Lo que más le costaba era levantarse de la cama. Le costaba ir de compras. Le costaba vivir y le costaba morir. No le gustaba pensar y no le gustaba ser estúpido, le gustaba aparentar ser estúpido. Le costaba moverse y le costaba estarse quieto. Solo un par de días sentía que valían la pena y los demás días, eran días perdidos; y no está mal que los días se pierdan, así como así, como se iba perdiendo todo lo demás.
Perdió el pasado. Perdió el trabajo. Perdió el presente. Perdió la mujer. Perdió el dinero. Perdió el futuro. Perdió la fe. Perdió la guerra. Perdió la paz. El buey nació para perder y perderse y vivir en algún lugar perdido, perdiendo tiempo, perdido en sus pensamientos, tratando de no perder la cabeza, perdido por perdido. Perdió la sonrisa, se le cayó de los labios, y se fue a encontrarla en alguna mesa de ofertas, caminando por la calle con las manos en los bolsillos.
"Si hay miseria que se note," decía el buey en voz alta, como hablando con alguien. Tirado en la cama, mirando el techo derruido por la humedad y con las manos cruzadas sobre su cabeza y el cigarrillo interminable y delicioso en su boca, sonreía, el dolor a veces ríe.
A veces hace sol, y hace buen tiempo, y el buey sale de su cueva y caminando lentamente, mirando todo, como si fuese un extranjero, o mejor, como si la ciudad fuese un café que hay que saborear, va a una plaza. Se sienta en un banco a sentir cómo se deslizan las horas. Horas que son como agua que corre lenta y mira a la gente pastorear y correr, lenta o rápidamente, pensando: "la vida es una mierda, pero a veces sonríe o te guiña un ojo".
Si tiene dos mangos en el bolsillo va al bar, a tomar un vermú con sus pantalones arrugados y su mirada gacha y esquiva, tan bien estudiada. Sumergido en la canalla supo ser feliz, o al menos pasarla bien, lo cual es bastante.
Tomado de Lord Cheselin en: http://lordcheselin.blogspot.com

3 comentarios:

Igor dijo...

Mucho francés por aquí. Parece que el viejo continente la llama, mi estimada. Ni modo, qué hacer... jaja.

Anónimo dijo...

El cuento está perro lo que sea de cada quien. Una caricia para los que gustan de algo chido!!

Martha dijo...

Ora, ora, con esas pedradas maldita. Tranquila, eh?