Cruda moral. Me disculpo por no haber escrito nada en los últimos 2 meses. Estuve instalada en un bache anímico del que no quería salir. Algunos, compasivos, dicen que esto es normal, es una especie de duelo ante el divorcio laboral que sufrí. Otros, más rejijos, dicen que ya lo veían venir y que estoy instalada en una güeva mental y física. Como sea, no había querido escribir nada. Aunque sí he estado pensando mucho cuál es el paso siguiente y se me ocurren varias cosas:
1. Poner en marcha el negocio que traigo entre cejas y olvidarme de las bibliotecas que no de los libros, claro.
2. Empezar con una rutina personal de rehabilitación física y emocional: ejercicio, retomar las sesiones con Rod, ponerme a estudiar algo que me mantenga ocupada mentalmente.
3. Plantearme fechas límite como tablas de salvación o metas a llegar: en junio sale el dictámen de la primaria, en julio cumple años mi hermana, en agosto llueve a cántaros, en septiembre cumple otro año la vida y se casa uno de mis primos, en octubre la luna es más bonita, en noviembre me siento más cerca del fin de año y en diciembre cumple quince mi sobrina y yo uno más a la treintena... Espero pequeños momentos gloriosos que me ayuden a recojer los pedazos que dejó el huracán-terremoto-virus a su paso por mi jacalito tan mío.
Me da harta güeva el silencio incómodo que todavía provoca mi presencia en algunos círculos sociales: mis tíos, algunos amigos, mi perro... Sé que temen a que mi carácter iracundo, en ratos, estalle y les suelte a bocajarro dos de tres verdades que pienso de su "simpatía silenciosa" ante mi nueva "condición" (condición = palabra actualmente utilizada en el vocablo familiar para hablar de mi desempleo).
Algunas almas caritativas ya están aconsejando a mi padre sólo tiene que preocuparse por él y por su mujer, y que yo sólo tengo que preocuparme por mi hija... como que los consejeros se olvidaron de que hasta hace un año (más o menos) a mí me aconsejaban que tenía que preocuparme por cuatro, no nomás por mi hija (como supongo es lo que una de madre soltera debiera hacer)... yo digo que esto de la preocupancia es algo que se da por querencias no por conveniencias. Pero insisto, últimamente mi mecha es demasiado corta y exploto con una facilidad que ya la quisiera cualquier pirotecnista para un día de fiesta.
Estoy esperando que termine la contingencia para que mi hija vuelva a clases, yo pueda inscribirme en el gimnasio para subirme en la caminadora 45 minutos al día (pa empezar), buscar algún cursillo interesante que me desempolve las ideas, irme a Estados Unidos un ratillo, y regresar con el ánimo renovado.
Hago una aclaración: Por primera vez en la historia de mis tragedias no me exiliaré. O al menos no a la vieja usanza que me alejaba caminando de Guadalajara como si eso borrara el dolor de mi piel. Ahora el exilio ha sido diferente: estoy un piso bajo el nivel de la calle, en donde me proveo de café, cigarros mentolados, agua, altas dosis de televisión, lecturas que no me amarguen más la hiel, tampoco pienso en bibliotecas que me saquen la de Remi cuando pienso en onix rosa e imágenes surrealistas que me acompañarán hasta el último día que respire...
No le escribo pero tampoco le olvido, pues... es sólo que necesito sanar, perdonarme, perdonar... pero la neta: no soy tan buena.
martes, mayo 12, 2009
lunes, marzo 02, 2009
13 años
13 años son muchos años. Hace trece años nació mi sobrina Andrea y ahora es una adolescente linda e insoportable (como debe ser). Hace trece años era irresponsablemente feliz estudiando una carrera por el placer de estudiarla y disfrutando de viajes, noviazgos cortos y largos, serios y divertidos, tontos y necesarios en algunos casos. Hace trece años alguien me preguntó si me gustaban los libros y cuando dije que sí, me invitó a un desayuno en una finca de jardines hermosos en Zapopan, en donde se estaba creando la primer biblioteca especializada en Ciencias Sociales y Humanidades del estado de Jalisco. Recuerdo cuando entré en la sala de lectura. Aquella mañana me pareció enorme (todavía no estaban los anaqueles, ni las mesas, ni siquiera el mostrador) era un galerón en donde estaban dispuestas algunas sillas para los muy pocos invitados al evento. Recuerdo que tan pronto identifiqué al director de aquel proyecto me acerqué a él con la seguridad que da un vestido rojo en un desayuno y la voz en un hilo como quien reconoce que no sabe nada, o como quien cree que no sabe nada. Con mi vocecita le dije que yo quería trabajar ahi. Que estaba estudiando Letras Hispánicas, que sabía hablar el inglés, que tenía excelente ortografía y que mi pasión más grande eran (son) los libros. Muriá me miró frunciendo las cejas y en un aspaviento estaba rodeado por tres señoritas a las que les indicó que me dieran una cita para platicar en otra ocasión.
Fueron los 15 días más largos de mis 23 años. Cada tercer día llamaba a la Licenciada Peregrina para preguntarle si había una oportunidad para mi. Por fin me entrevisté con ella y me confirmó que el 2 de mayo me presentara a trabajar de 8.30 a 3.30 pm. y que como era tiempo de vacas flacas, mi sueldo sería de 1,600 pesos mensuales. 1,600 pesos mensuales eran bastante más de lo que necesitaba en aquella época, de hecho para mí era una fortuna. El 2 de mayo entré a trabajar al Colegio de Jalisco. Llevaba un vestido beige y mi cabello suelto, largo. Me recibió Gabriela Trujillo, quien entonces era la coordinadora de la biblioteca. Entonces el equipo estaba itegrado por Ivonne Bosch, quien se convertiría en una de mis grandes amigas, Karla Durán, Carolina Basisch (qepd), Rafa García (hijo), y los auxiliares o practicantes: July y Sonia. Yo hice amistad con el ingeniero en sistemas, con Ivonne y con Carolina; aunque a los demás los quise y los respeté durante el tiempo que compartimos aquel espacio.
El 2 de mayo de 1996 en la sala de lectura de la biblioteca, la única colección que ya estaba en el lugar que le correspondía era el diccionario enciclopédico Universal Espasa-Calpe, una edición del primer número de 1925 al último parecía ser el clásico mural de libros que se adquieren por metros para adornar las bibliotecas no consultadas de muchas casas de este país.
La empresa era titánica. Teníamos que catalogar y clasificar 45 mil ejemplares en 6 meses. Ivonne y yo jugábamos competencias a ver quién catalogaba más libros en 8 horas, debo reconocer que aunque cerca nunca la vencí: su récord fueron 36 títulos catalogados en 8 horas; a mí me faltó uno para empatarla. Era una pasión muy difícil de definir, estaba descubriendo el sistema de clasificación decimal DEWEY, Ivonne me dio la clave para aprenderme las tablas más fácilmente jugando con los números de las placas de circulación de los carros: JMV 497, se traducía como 4 lenguas autóctonas 9 grupos de personas o países 7 América del Norte "lenguas aborígenes de américa del norte". Sí era ñoña y era peligrosa.
Fueron los 13 años más cortos de mi vida. Cuando sabes que tienes mucho por hacer, cuando sabes o sientes que por más lo quieras creer, cada viernes al salir del trabajo sabes que el lunes siguiente será la consecución de algo que dejaste iniciado o tal vez el inicio de un nuevo proyecto, el tiempo se pasa volando...
Todo cambia cuando te arrebatan esa pasión, o cualquier pasión. Cuando te dicen que ya no puedes seguir siendo bibliotecaria en esa biblioteca porque tu ciclo se acabò, porque todo en esta vida tiene un principio y un fin... te despiden después de una incapacidad. Te tratan como una criminal que debe ser escondida. Por qué me citan a las 5 de la tarde, cuando el ColJal estaba solo y no a las 11 de la mañana?, por qué despedirme de un día para otro... entre el shock, el dolor, la confusión, uno sale de ahí como animal herido... al día siguiente fue ir a ver lo del finiquito... y la antiguedad, y la experiencia, y la profesionalización y la autoestima se van por el caño... porque nada de eso ha sido tomado en cuenta... Nada absolutamente.
Mañana será el primer mes fuera del Colegio. Mañana será un mes del último día que saludé a todos con el gusto de siempre y más por la ausencia tan prolongada de mi incapacidad. Mañana será un mes de la última vez que comí con mis amigas. Mañana será un mes de que empecé a explicarle a mi hija el por qué estoy en la casa.
Cómo explicarle a Lavinia, a mi princesa de los rizos furiosos lo que me pasó. Cómo explicarle si yo no sé todavía por qué me despidieron, por qué sacaron a la única persona capaz de coordinar ese monstruo de biblioteca. Cómo explicarle a Lavinia que no importa cuánto te involucres, cuánto quieras hacer las cosas, cuánto te guste hacer algo siempre habrá alguien que no lo vea, que no le interese o a quien por cuestiones personales o políticas no le convenga tenerte cerca. Cómo prevenirla para que eso a ella no le suceda, cómo decirle que no tiene que ser como su mamá.
Viví 36 años en una casa, trabajé 13 años en un mismo lugar. Soy una mujer estable. Me gusta la estabildad, la permanencia, el sentir que pertenezco a alguien o a algo. Ahora me siento con casi nada... sé que es un momento importante. Puedo hacer lo que yo quiera... pero, pero no puedo seguir haciendo lo que me gustaba tanto, lo que me apasionó desde el primer día, lo que hice con tanto gusto, siempre.
Sé que una imagen importante en mi album de recuerdos es y será siempre la sala de lectura de investigadores de la Biblioteca Miguel Mathes, con la luz apagada, cuando el sol se proyectaba a través de las láminas de onix del diseño del edificio y todo se volvía rosa, mágico, irreal... Es la imagen salvadora... lo que queda y con lo que me quedo.
Fueron los 15 días más largos de mis 23 años. Cada tercer día llamaba a la Licenciada Peregrina para preguntarle si había una oportunidad para mi. Por fin me entrevisté con ella y me confirmó que el 2 de mayo me presentara a trabajar de 8.30 a 3.30 pm. y que como era tiempo de vacas flacas, mi sueldo sería de 1,600 pesos mensuales. 1,600 pesos mensuales eran bastante más de lo que necesitaba en aquella época, de hecho para mí era una fortuna. El 2 de mayo entré a trabajar al Colegio de Jalisco. Llevaba un vestido beige y mi cabello suelto, largo. Me recibió Gabriela Trujillo, quien entonces era la coordinadora de la biblioteca. Entonces el equipo estaba itegrado por Ivonne Bosch, quien se convertiría en una de mis grandes amigas, Karla Durán, Carolina Basisch (qepd), Rafa García (hijo), y los auxiliares o practicantes: July y Sonia. Yo hice amistad con el ingeniero en sistemas, con Ivonne y con Carolina; aunque a los demás los quise y los respeté durante el tiempo que compartimos aquel espacio.
El 2 de mayo de 1996 en la sala de lectura de la biblioteca, la única colección que ya estaba en el lugar que le correspondía era el diccionario enciclopédico Universal Espasa-Calpe, una edición del primer número de 1925 al último parecía ser el clásico mural de libros que se adquieren por metros para adornar las bibliotecas no consultadas de muchas casas de este país.
La empresa era titánica. Teníamos que catalogar y clasificar 45 mil ejemplares en 6 meses. Ivonne y yo jugábamos competencias a ver quién catalogaba más libros en 8 horas, debo reconocer que aunque cerca nunca la vencí: su récord fueron 36 títulos catalogados en 8 horas; a mí me faltó uno para empatarla. Era una pasión muy difícil de definir, estaba descubriendo el sistema de clasificación decimal DEWEY, Ivonne me dio la clave para aprenderme las tablas más fácilmente jugando con los números de las placas de circulación de los carros: JMV 497, se traducía como 4 lenguas autóctonas 9 grupos de personas o países 7 América del Norte "lenguas aborígenes de américa del norte". Sí era ñoña y era peligrosa.
Fueron los 13 años más cortos de mi vida. Cuando sabes que tienes mucho por hacer, cuando sabes o sientes que por más lo quieras creer, cada viernes al salir del trabajo sabes que el lunes siguiente será la consecución de algo que dejaste iniciado o tal vez el inicio de un nuevo proyecto, el tiempo se pasa volando...
Todo cambia cuando te arrebatan esa pasión, o cualquier pasión. Cuando te dicen que ya no puedes seguir siendo bibliotecaria en esa biblioteca porque tu ciclo se acabò, porque todo en esta vida tiene un principio y un fin... te despiden después de una incapacidad. Te tratan como una criminal que debe ser escondida. Por qué me citan a las 5 de la tarde, cuando el ColJal estaba solo y no a las 11 de la mañana?, por qué despedirme de un día para otro... entre el shock, el dolor, la confusión, uno sale de ahí como animal herido... al día siguiente fue ir a ver lo del finiquito... y la antiguedad, y la experiencia, y la profesionalización y la autoestima se van por el caño... porque nada de eso ha sido tomado en cuenta... Nada absolutamente.
Mañana será el primer mes fuera del Colegio. Mañana será un mes del último día que saludé a todos con el gusto de siempre y más por la ausencia tan prolongada de mi incapacidad. Mañana será un mes de la última vez que comí con mis amigas. Mañana será un mes de que empecé a explicarle a mi hija el por qué estoy en la casa.
Cómo explicarle a Lavinia, a mi princesa de los rizos furiosos lo que me pasó. Cómo explicarle si yo no sé todavía por qué me despidieron, por qué sacaron a la única persona capaz de coordinar ese monstruo de biblioteca. Cómo explicarle a Lavinia que no importa cuánto te involucres, cuánto quieras hacer las cosas, cuánto te guste hacer algo siempre habrá alguien que no lo vea, que no le interese o a quien por cuestiones personales o políticas no le convenga tenerte cerca. Cómo prevenirla para que eso a ella no le suceda, cómo decirle que no tiene que ser como su mamá.
Viví 36 años en una casa, trabajé 13 años en un mismo lugar. Soy una mujer estable. Me gusta la estabildad, la permanencia, el sentir que pertenezco a alguien o a algo. Ahora me siento con casi nada... sé que es un momento importante. Puedo hacer lo que yo quiera... pero, pero no puedo seguir haciendo lo que me gustaba tanto, lo que me apasionó desde el primer día, lo que hice con tanto gusto, siempre.
Sé que una imagen importante en mi album de recuerdos es y será siempre la sala de lectura de investigadores de la Biblioteca Miguel Mathes, con la luz apagada, cuando el sol se proyectaba a través de las láminas de onix del diseño del edificio y todo se volvía rosa, mágico, irreal... Es la imagen salvadora... lo que queda y con lo que me quedo.
miércoles, diciembre 17, 2008
Ya no estoy triste
De hecho, desde el jueves pasado las cosas empezaron a fluir positivamente. Mis amigos, mis pilares estuvieron ahí, conmigo, al pie del cañón. El sol volvió a brillar con más fuerza, el frío caló un poco más en mis huesos; y las lágrimas se cansaron de salir de mis ojos. Todo tiene un nuevo sentido. Fue mi llanto con cara de invierno. Mi llanto desolado. Mi llanto necesario. Mis presiones, tensiones, soledades, confusiones y miedos me llegaron de golpe en dos días. Por eso estuve mal. Por eso estuve triste.
Y entoces, cuando se detienen las lágrimas y otra vez se ve la luna o las estrellas en toda su claridad magnífica, una se da cuenta de que a) no se està tan sola y b) la soledad en sí no es tan terrible. Lo terrible es no darnos la oportunidad de escucharnos. De escuchar lo que somos, lo que hemos sido, lo que nos hace ser quien somos. Descubrir que se tiene tiempo para uno mismo. Descubrir que puedo pasarme una hora bajo de la regadera o leer 3 horas sin detenerme ni ser interrumpida. Descubrir el antiguo placer de entrar en una tienda a comprar zapatos y pasarme una hora viendo los diferentes modelos de zapatos, probándomelos, eligiendo. Entrar en un salón de belleza y no preguntar "¿cuánto tiempo te tomaría cortar y pintar mi cabello?" porque se tiene todo el tiempo para hacer cualquier cosa. Llegar a casa. Descubrir la vida suspendida: juguetes en la sala, como esperando que alguien juegue con ellos. El refri con comida que espera ser consumida pero que no se antoja, no porque no me guste... simplemente porque puedo comer o no comer y no pasa nada. Dormir la noche completa, despertar y tener tiempo de ponerme y quitarme ropa hasta sentirme conforme con la elección y salir a la calle con la certeza que nos da el sentirnos bien. Detalles pequeñitos, que dejamos de hacer, que dejamos de vivir porque hubo nuevas responsabilidades que ocuparon esos pequeños momentos con risas, llantos, pañales, tareas, biberones.
Extraño al motivo de mi olvido. La extraño entrañablemente, es la misma sensación que tuve cuando fui conciente de que ya no estaba dentro de mi vientre y me pregunté: ¿y ahora, cómo voy a cuidarte? Afortunadamente los días pasaron relativamente rápido. En especial esta última semana: la posada coljal, el festejo de mi Lupe, el festejo de mi cumple, el domingo de no hacer nada, el lunes de ballet con las sobrinas, el martes de Primer Piso, mañana comer con Laura y café con la China, el jueves el cumple de don Toño y así, sin casi sentirlo llegaré al viernes para subirme a un avión y alcanzar a mi Princesa de los Rizos Furiosos.
Y mis amigos, mi Sani del alma que no me dejó ni un momento, Angélica con su sabiduría y entereza, Toño con sus ocurrencias y su entusiasmo, Xaris siempre presente, Víctor que por una noche dejó de ser virtual para compartir el café en casa, mis primos: Gabo, Popos, Lalo, Carlos... Rodrigo, quien recientemente entrò en mi vida pero a quien le debo mucho de lo que he descubierto en mi, de lo que he liberado en tantas horas de plática tratando de comprender mis por qués, mis no y mis sí.
No estoy sola y ya no estoy triste. Estoy desvelada, con tos de fumadora, con la emoción que me trae subirme a un avión, con las ganas locas de volver a abrazar y besar a mi niña. Gracias por seguirme, por leerme, por la paciencia ante el silencio, por respirar conmigo el principio de un nuevo año.
Y entoces, cuando se detienen las lágrimas y otra vez se ve la luna o las estrellas en toda su claridad magnífica, una se da cuenta de que a) no se està tan sola y b) la soledad en sí no es tan terrible. Lo terrible es no darnos la oportunidad de escucharnos. De escuchar lo que somos, lo que hemos sido, lo que nos hace ser quien somos. Descubrir que se tiene tiempo para uno mismo. Descubrir que puedo pasarme una hora bajo de la regadera o leer 3 horas sin detenerme ni ser interrumpida. Descubrir el antiguo placer de entrar en una tienda a comprar zapatos y pasarme una hora viendo los diferentes modelos de zapatos, probándomelos, eligiendo. Entrar en un salón de belleza y no preguntar "¿cuánto tiempo te tomaría cortar y pintar mi cabello?" porque se tiene todo el tiempo para hacer cualquier cosa. Llegar a casa. Descubrir la vida suspendida: juguetes en la sala, como esperando que alguien juegue con ellos. El refri con comida que espera ser consumida pero que no se antoja, no porque no me guste... simplemente porque puedo comer o no comer y no pasa nada. Dormir la noche completa, despertar y tener tiempo de ponerme y quitarme ropa hasta sentirme conforme con la elección y salir a la calle con la certeza que nos da el sentirnos bien. Detalles pequeñitos, que dejamos de hacer, que dejamos de vivir porque hubo nuevas responsabilidades que ocuparon esos pequeños momentos con risas, llantos, pañales, tareas, biberones.
Extraño al motivo de mi olvido. La extraño entrañablemente, es la misma sensación que tuve cuando fui conciente de que ya no estaba dentro de mi vientre y me pregunté: ¿y ahora, cómo voy a cuidarte? Afortunadamente los días pasaron relativamente rápido. En especial esta última semana: la posada coljal, el festejo de mi Lupe, el festejo de mi cumple, el domingo de no hacer nada, el lunes de ballet con las sobrinas, el martes de Primer Piso, mañana comer con Laura y café con la China, el jueves el cumple de don Toño y así, sin casi sentirlo llegaré al viernes para subirme a un avión y alcanzar a mi Princesa de los Rizos Furiosos.
Y mis amigos, mi Sani del alma que no me dejó ni un momento, Angélica con su sabiduría y entereza, Toño con sus ocurrencias y su entusiasmo, Xaris siempre presente, Víctor que por una noche dejó de ser virtual para compartir el café en casa, mis primos: Gabo, Popos, Lalo, Carlos... Rodrigo, quien recientemente entrò en mi vida pero a quien le debo mucho de lo que he descubierto en mi, de lo que he liberado en tantas horas de plática tratando de comprender mis por qués, mis no y mis sí.
No estoy sola y ya no estoy triste. Estoy desvelada, con tos de fumadora, con la emoción que me trae subirme a un avión, con las ganas locas de volver a abrazar y besar a mi niña. Gracias por seguirme, por leerme, por la paciencia ante el silencio, por respirar conmigo el principio de un nuevo año.
miércoles, diciembre 10, 2008
martes, diciembre 09, 2008
Esto no es un cuento erótico
Es como sentirme rara. No porque me sienta incapaz de escribir otra cosa desligada del erotismo, pero después de Camilo y su historia mágica alrededor de los libros, me he empeñado en exorcisar al demoniolujuria que llevo dentro, escribiendo, escribiendo, escribiendo....
Camino por la ciudad. Hace mucho que no recorro sus calles como ahora, con tiempo. He estado en-ce-rra-da. Viviendo en la burbúja del bienestar y la seguridad emocional y mental, esa que se traduce en crimen de la vida, un crimen perfecto, lento, disfrazado de sonrisas y complacencias que en apariencia no lastiman, no destrozan, no hieren... pero que matan el instinto de la sobrevivencia, el serjungla que no debería de abandonarnos para seguir cazándonos a nosotros mismos. Que es tan vil o tan dulce, com todo o casi todo. Circulo por la ciudad. Algunos personajes asfaltados me descubren. Son casi fantásticos, como la mujer de fuego en la esquina de Avenida de las Rosas y Mariano Otero. Pequeña, con las puntas del cabello quemadas, los ojos como capulines y la ropa queriendo ser tan negra como sus ojos. De sus manos como queriendo alcanzar mis ojos o el cielo, dos extensiones con fuego. Baile sin música de las llamas. Ahora pasan sobre su cabeza para perderse tras su espalda por un segundo y retomar la circunferencia no trazada bajo sus pies. Me siento, me reconozco hipnotizada, transportada. Pienso en aquella guía tristísima de París (1), cuando me encontré tras un cristal observando a un pareja haciendo el amor, ella gimiendo, el mosqueado por el espejo tan grande, ella convenciéndolo que así era más excitante, que podía ver todo su cuerpo arquearse, pegarse al de él que se debatía en besarla entre los senos y ver la línea de su cuerpo (el de él) en el espejo. Mujer manos de fuego transportada (o tal vez yo) a esa antigua imagen de papel y sueños, en donde dos fueron tres. Frente a mis ojos, detrás del espejo, sobre el asfalto, la mujer manos de fuego en su artilugio. Besar la llama, apagarla y sonriendo ir pidiendo por el sueño/espectáculo. Sacar la moneda por la ventanilla, sonreír de regreso y el rojo se hace verde. Soltar el freno, acelerar un poco y tomar Mariano Otero rumbo al norte.
Conducir imaginando la línea que divide el carril que viene, el otro que va, concentrarme. Conectarme con el lugar a donde voy, visualizar Avenida Chapultepec a las 7 de la tarde, lucecitas, cafeterías, tráfico, mucho tráfico... pero no importa, llegaré a Pedro Moreno para dar vuelta a la derecha y empezaré a relajarme, pero mientras... Mientras está bajar el paso a desnivel, un tren pasa más arriba, con su ruido lento, cansado, pienso en Iliana, en Jorge gritando "chuchu-train", sonrío por los dos. Sigo sin ver las líneas que dividen los carriles, mentada de madre silenciosa a la Secretaría de Vialidad, al gobierno municipal, adivinar, tanteando que casi en el extremo derecho podré agarrar sin problemas Chapultepec, el monumentoalosniñosheroes, iluminado (¿a quién se le ocurriría que esa mole de ladrillos era candidata para lucirse?), tomar avenida Chapultepec sin complicaciones a 30 km/hr, cuidando la distancia con el carrito de adelante, haciéndome chiquita cuando paso junto al rugir de los camiones furiosos que van peleando llegar antes, tomar más pasaje, detenerse menos en las bajadas, paso La Paz, me siento más cerca, semáforo en rojo en Avenida Vallarta.
Es la primera vez que me detengo desde que di vuelta en Las Rosas. Sonrío, el limpiaparabrizas me devuelve la sonrisa y se apura sobre el cristal, lo detengo a una seña de mi mano, deja de sonreír, pasa junto a mi puerta y recuerdo que no he puesto el seguro. Muevo mi brazo, con el codo acciono la "seguridad" que me da el no poder abrir la puerta, aunque podría ser un cristalazo, un balazo... me estremesco. Busco distracción, la pantalla en la esquina noroeste con publicidad cintilante; me gusta la vista, casi cosmopolita, dejo de sentirme en un pueblototote de 4 avenidas y decido que mi ciudad es grande, moderna, bonita y estoy en el recuento de bondades y gracias cuando me siento observada, volteo sobre mi hombro derecho y me encuentro con lo que podrían ser sus ojos detrás de una barba de muchos años y una chamarra de color indescriptible. Es un indigente. ¿Hace cuánto me observa?, ¿por qué no lo ví antes?, ¿la belleza oculta la fealdad o es lo feo lo que hace que lo bello brille con más fuerza?, El indigente no puede saber lo que pienso, tal vez no le interesa. Él está ahí, sentado en primera fila, viendo pasar la vida, viendo la publicidad de artículos que tal vez nunca comprará, escuchando el ruido de los motores calentándose, ruido como de tripas con hambre, incómodos, como mi incomodidad mal disimulada al sentirme observada por una realidad a la que continuamente le saco la vuelta.
Por fin la luz verde, encender la direccional. En la siguiente esquina doy vuelta. Me gusta Pedro Moreno que tampoco tiene líneas, pero ahí sólo tienes que cuidarte de la 629 que vaya por su carril. Vuelve el pensamiento reconfortante. Guadalajara bonita, tranquila, voy camino a la presentación de un libro fantástico. Me siento un personaje y luego me corrijo, no soy tanto. Mis cuentos son eróticos y este no es un cuento erótico, aunque de momento recuerdo a la mujer de fuego en Mariano Otero y sus ojos de araña capulina tendiendo su red-trampa invisible y mortal sobre mis sentidos y quiero sucumbir, hacerle un cuento, desarrollarla, compartirme con ella, convertirme en una mujer con dedos de fuego, hipnotizarte, mírame bien, soy la misma en otro cuerpo, mis dedos de fuego calentarán tu vientre, la cara oculta de tus muslos, tus ideas... Pero esto no es un cuento. Tampoco es un cuento erótico...
(1) BRYCE-ECHENIQUE, Alfredo. Guía triste de París. Alfaguara, 2000.
Camino por la ciudad. Hace mucho que no recorro sus calles como ahora, con tiempo. He estado en-ce-rra-da. Viviendo en la burbúja del bienestar y la seguridad emocional y mental, esa que se traduce en crimen de la vida, un crimen perfecto, lento, disfrazado de sonrisas y complacencias que en apariencia no lastiman, no destrozan, no hieren... pero que matan el instinto de la sobrevivencia, el serjungla que no debería de abandonarnos para seguir cazándonos a nosotros mismos. Que es tan vil o tan dulce, com todo o casi todo. Circulo por la ciudad. Algunos personajes asfaltados me descubren. Son casi fantásticos, como la mujer de fuego en la esquina de Avenida de las Rosas y Mariano Otero. Pequeña, con las puntas del cabello quemadas, los ojos como capulines y la ropa queriendo ser tan negra como sus ojos. De sus manos como queriendo alcanzar mis ojos o el cielo, dos extensiones con fuego. Baile sin música de las llamas. Ahora pasan sobre su cabeza para perderse tras su espalda por un segundo y retomar la circunferencia no trazada bajo sus pies. Me siento, me reconozco hipnotizada, transportada. Pienso en aquella guía tristísima de París (1), cuando me encontré tras un cristal observando a un pareja haciendo el amor, ella gimiendo, el mosqueado por el espejo tan grande, ella convenciéndolo que así era más excitante, que podía ver todo su cuerpo arquearse, pegarse al de él que se debatía en besarla entre los senos y ver la línea de su cuerpo (el de él) en el espejo. Mujer manos de fuego transportada (o tal vez yo) a esa antigua imagen de papel y sueños, en donde dos fueron tres. Frente a mis ojos, detrás del espejo, sobre el asfalto, la mujer manos de fuego en su artilugio. Besar la llama, apagarla y sonriendo ir pidiendo por el sueño/espectáculo. Sacar la moneda por la ventanilla, sonreír de regreso y el rojo se hace verde. Soltar el freno, acelerar un poco y tomar Mariano Otero rumbo al norte.
Conducir imaginando la línea que divide el carril que viene, el otro que va, concentrarme. Conectarme con el lugar a donde voy, visualizar Avenida Chapultepec a las 7 de la tarde, lucecitas, cafeterías, tráfico, mucho tráfico... pero no importa, llegaré a Pedro Moreno para dar vuelta a la derecha y empezaré a relajarme, pero mientras... Mientras está bajar el paso a desnivel, un tren pasa más arriba, con su ruido lento, cansado, pienso en Iliana, en Jorge gritando "chuchu-train", sonrío por los dos. Sigo sin ver las líneas que dividen los carriles, mentada de madre silenciosa a la Secretaría de Vialidad, al gobierno municipal, adivinar, tanteando que casi en el extremo derecho podré agarrar sin problemas Chapultepec, el monumentoalosniñosheroes, iluminado (¿a quién se le ocurriría que esa mole de ladrillos era candidata para lucirse?), tomar avenida Chapultepec sin complicaciones a 30 km/hr, cuidando la distancia con el carrito de adelante, haciéndome chiquita cuando paso junto al rugir de los camiones furiosos que van peleando llegar antes, tomar más pasaje, detenerse menos en las bajadas, paso La Paz, me siento más cerca, semáforo en rojo en Avenida Vallarta.
Es la primera vez que me detengo desde que di vuelta en Las Rosas. Sonrío, el limpiaparabrizas me devuelve la sonrisa y se apura sobre el cristal, lo detengo a una seña de mi mano, deja de sonreír, pasa junto a mi puerta y recuerdo que no he puesto el seguro. Muevo mi brazo, con el codo acciono la "seguridad" que me da el no poder abrir la puerta, aunque podría ser un cristalazo, un balazo... me estremesco. Busco distracción, la pantalla en la esquina noroeste con publicidad cintilante; me gusta la vista, casi cosmopolita, dejo de sentirme en un pueblototote de 4 avenidas y decido que mi ciudad es grande, moderna, bonita y estoy en el recuento de bondades y gracias cuando me siento observada, volteo sobre mi hombro derecho y me encuentro con lo que podrían ser sus ojos detrás de una barba de muchos años y una chamarra de color indescriptible. Es un indigente. ¿Hace cuánto me observa?, ¿por qué no lo ví antes?, ¿la belleza oculta la fealdad o es lo feo lo que hace que lo bello brille con más fuerza?, El indigente no puede saber lo que pienso, tal vez no le interesa. Él está ahí, sentado en primera fila, viendo pasar la vida, viendo la publicidad de artículos que tal vez nunca comprará, escuchando el ruido de los motores calentándose, ruido como de tripas con hambre, incómodos, como mi incomodidad mal disimulada al sentirme observada por una realidad a la que continuamente le saco la vuelta.
Por fin la luz verde, encender la direccional. En la siguiente esquina doy vuelta. Me gusta Pedro Moreno que tampoco tiene líneas, pero ahí sólo tienes que cuidarte de la 629 que vaya por su carril. Vuelve el pensamiento reconfortante. Guadalajara bonita, tranquila, voy camino a la presentación de un libro fantástico. Me siento un personaje y luego me corrijo, no soy tanto. Mis cuentos son eróticos y este no es un cuento erótico, aunque de momento recuerdo a la mujer de fuego en Mariano Otero y sus ojos de araña capulina tendiendo su red-trampa invisible y mortal sobre mis sentidos y quiero sucumbir, hacerle un cuento, desarrollarla, compartirme con ella, convertirme en una mujer con dedos de fuego, hipnotizarte, mírame bien, soy la misma en otro cuerpo, mis dedos de fuego calentarán tu vientre, la cara oculta de tus muslos, tus ideas... Pero esto no es un cuento. Tampoco es un cuento erótico...
(1) BRYCE-ECHENIQUE, Alfredo. Guía triste de París. Alfaguara, 2000.
jueves, diciembre 04, 2008
Ironías
Antier en la Feria Internacional del Libro, más de mil jóvenes homenajearon a Carlos Fuentes. El homenaje se llamó "mil jóvenes leyendo a Aura". Le cantaron las mañanitas al escritor y aparentemente éste lo disfrutó mucho.
Antier, también, murió el que hasta hace una semana o algo así fungía como Secretario del Trabajo, el Señor Carlos Abascal.
¿No les parece irónico que el inquisidor que ordenara en algún momento la quema de "Aura" muriese el mismo día en que los jóvenes lectores de la misma novela, homenajearan al escritor?
Antier, también, murió el que hasta hace una semana o algo así fungía como Secretario del Trabajo, el Señor Carlos Abascal.
¿No les parece irónico que el inquisidor que ordenara en algún momento la quema de "Aura" muriese el mismo día en que los jóvenes lectores de la misma novela, homenajearan al escritor?
Ocupada, muy ocupada...
Más de diez días sin postear. Mea culpa. Me disculpo argumentando que he estado muy ocupada viviendo, con todo lo que eso implica: soltar, retener, sortear, provocar, actuar, pensar, desechar, conservar, rescatar, olvidar, confirmar, extrañar, negar, afirmar, imaginar, leer, releer, replantear, organizar, improvisar, atraer, rechazar. No he dicho esperar. Por primera vez en muchos años no estoy esperando nada. Ya me di cuenta que eso no deja nada bueno más que kilos mentales y físicos. No tengo nada o casi nada en contra de los kilos físicos, al contrario, creo que mientras más pachoncita a algunas personas les dan más ganas de abrazar, de tocarnos, de sentirnos... somos más amigables, dicen. Al menos mi hija dice que le gusto de almohada que estoy "bullidita".
En los últimos 10 días la vida y yo nos hemos hecho cómplices y parece que de momento funcionamos más o menos bien. El pánico que me provocaba romper el muégano madre-hija, está casi superado, pienso positivo: Lavinia enviaje, divirtiéndose, jugando todo el día vs Georgina en casa, divirtiéndose, leyendo, saliendo, conociendo; y todo está funcionando.
Estoy reconociéndome en un momento que pensé que no volvería a vivir. Estoy siendo irresponsablemente feliz. No tengo horarios. Ayer pude leer de continuo durante 3 horas. No hubo que salir corriendo, interrumpir la lectura, retomarla horas después. Salí de la FIL a las 7 de la noche para ir a una presentación de un libro en el Primer Piso, me encontré y disfruté a mis amigos, me divertí tanto...
No digo que no extraño el continuo "mamáaa", el acostarme junto a mi niña cada noche hasta sentir que su respiración toma el ritmo del que duerme y me resisto a levantarme para irme a mi cama. La extraño, sí. Pero ella está feliz, disfrutando sus vacaciones prematuras, gozando a sus primos, viviendo una navidad diferente, excéntrica, divertida...
Si no escribo dentro de poco tiempo, es porque sigo ocupada con la vida, disfrutándola, desmenuzándola, aprovechándola...
En los últimos 10 días la vida y yo nos hemos hecho cómplices y parece que de momento funcionamos más o menos bien. El pánico que me provocaba romper el muégano madre-hija, está casi superado, pienso positivo: Lavinia enviaje, divirtiéndose, jugando todo el día vs Georgina en casa, divirtiéndose, leyendo, saliendo, conociendo; y todo está funcionando.
Estoy reconociéndome en un momento que pensé que no volvería a vivir. Estoy siendo irresponsablemente feliz. No tengo horarios. Ayer pude leer de continuo durante 3 horas. No hubo que salir corriendo, interrumpir la lectura, retomarla horas después. Salí de la FIL a las 7 de la noche para ir a una presentación de un libro en el Primer Piso, me encontré y disfruté a mis amigos, me divertí tanto...
No digo que no extraño el continuo "mamáaa", el acostarme junto a mi niña cada noche hasta sentir que su respiración toma el ritmo del que duerme y me resisto a levantarme para irme a mi cama. La extraño, sí. Pero ella está feliz, disfrutando sus vacaciones prematuras, gozando a sus primos, viviendo una navidad diferente, excéntrica, divertida...
Si no escribo dentro de poco tiempo, es porque sigo ocupada con la vida, disfrutándola, desmenuzándola, aprovechándola...
jueves, noviembre 20, 2008
En el filo de la puerta...
Realmente son dos puertas. Una que se cierra y otra que se abre. La que se cierra deja tras de sí la formación, los sueños niños, las risas y los llantos de adolescente, los descubrimientos, los primeros amores, la sangre nueva. La que se abre me ofrece aire fresco, renovado, opciones múltiples. Hace muchos años guardé en un cajón todos mis sueños. De vez en cuando desempolvo ese cajón, lo abro y saco alguno de esos sueños, lo contemplo... cada vez se hace más difícil volverlo a cerrar, pero hasta hace muy poco tiempo no había más opciones. Tenía que hacer que aquellas ilusiones volvieran a su estado de coma para seguir resolviendo la vida un día a la vez.
Ese cajón me acompañó el sábado pasado cuando cerré mi casa "absurdamente naranja" de José María Vigil. En la exitación por la mudanza, la tensión de ver cómo maltrataban mis muebles y el cansancio de todo el día de ir y venir, nunca dejé de pensar en qué pasará ahora que la caja cambia de casa y más que miedo, hay expectativas, muchas, muy altas.
La semana pasada fue fotográfica. Procuré captar los momentos más especiales de mi última semana en la casa naranja. Lavinia me sorprendió. El lunes me invitó a cenar en la terraza que da a la calle. Ahí estuvimos las dos, cenando, platicando, disfrutándonos en un espacio que a las dos nos sirvió para olvidar los berrinches, las frustraciones, los agobios. Contamos aviones de ida y vuelta y platicamos de niños guapos y posibles novios. El martes, jugamos con Brandy en el jardín. Lavinia corrió, gritó, rió con verdaderas ganas, disfrutando cada momento en lo que fue su última tarde de jardín. El miércoles llegó de visita una ardilla a la palmera que está en el jardín en dirección a la recámara de Lavinia. Estuvo cerca de dos horas comiendo coquitos de la palmera sin importarle los ruidos de la casa, la risa de Lavinia, gente entrando y saliendo de la recámara de Lavinia. El jueves Lavinia se metió a bañar en la tina del baño de sus nonos, con todas sus barbies menos Ken porque es niño y los niños no se bañan con las niñas... El viernes recogimos y guardamos en cajas la ropa, los juguetes, todo...
El sábado después de que cayó el sol sobre el horizonte, volví a recorrer mi casa, escuché por primera vez el eco de mis pasos sobre el mármol negro. Cerré las llaves de paso del gas y del agua. Lloré sentada en "mi escalón", me despedí. En algún punto de la sala desierta me esforcé por escuchar las risas de Mónica y mías cuando intentábamos copiar las coreografías de Flans o Timbiriche; en el recibidor, volví a verme sentada en la salita negra, viendo a mi papá cambiar el acetato, escuchando a Les Luthier's... Respiré profundo e intenté percibir el olor a canela hirviendo, a vainilla, al pastel de manzana que mi mamá preparaba cada que había algo que festejar o que llorar. Intenté recordar a mis abuelas, a mi tía Carmelina, a Gorky corriendo detrás del armadillo amarillo que alguna vez soñé... Al final no hubo más que decir "Gracias, casa, por todo y por tanto, por tenernos a salvo incluso de nosotros mismos; por abrazarnos, por resistirte a que nos fuéramos, gracias..."
Estoy al borde del paso siguiente. No puedo ir para atrás, la puerta está cerrada y ya no tengo llaves que la abran. Estoy en transit, todavía no me acostumbro a bajar escaleras en lugar de subirlas, el nuevo espacio es pequeñito, casi todo el tiempo estamos chocando... será cuestión de adaptarnos, de dejar de ser patosos y controlar los movimientos para no interferir con el otro... o quizá dejar de tenerle rollo al contacto físico y no fijarnos si chocamos o no chocamos, tomarlo como una caricia, como una llamada de atención a los demás.
A todos quienes compartieron conmigo o con mi familia un pedacito de la "casa absurdamente naranja", sepan que son una parte importante de quienes somos. Esta memoria en letras de mi casa es compartir con ustedes un poquito de lo que soy ahora y lo que estoy por ser.
Ese cajón me acompañó el sábado pasado cuando cerré mi casa "absurdamente naranja" de José María Vigil. En la exitación por la mudanza, la tensión de ver cómo maltrataban mis muebles y el cansancio de todo el día de ir y venir, nunca dejé de pensar en qué pasará ahora que la caja cambia de casa y más que miedo, hay expectativas, muchas, muy altas.
La semana pasada fue fotográfica. Procuré captar los momentos más especiales de mi última semana en la casa naranja. Lavinia me sorprendió. El lunes me invitó a cenar en la terraza que da a la calle. Ahí estuvimos las dos, cenando, platicando, disfrutándonos en un espacio que a las dos nos sirvió para olvidar los berrinches, las frustraciones, los agobios. Contamos aviones de ida y vuelta y platicamos de niños guapos y posibles novios. El martes, jugamos con Brandy en el jardín. Lavinia corrió, gritó, rió con verdaderas ganas, disfrutando cada momento en lo que fue su última tarde de jardín. El miércoles llegó de visita una ardilla a la palmera que está en el jardín en dirección a la recámara de Lavinia. Estuvo cerca de dos horas comiendo coquitos de la palmera sin importarle los ruidos de la casa, la risa de Lavinia, gente entrando y saliendo de la recámara de Lavinia. El jueves Lavinia se metió a bañar en la tina del baño de sus nonos, con todas sus barbies menos Ken porque es niño y los niños no se bañan con las niñas... El viernes recogimos y guardamos en cajas la ropa, los juguetes, todo...
El sábado después de que cayó el sol sobre el horizonte, volví a recorrer mi casa, escuché por primera vez el eco de mis pasos sobre el mármol negro. Cerré las llaves de paso del gas y del agua. Lloré sentada en "mi escalón", me despedí. En algún punto de la sala desierta me esforcé por escuchar las risas de Mónica y mías cuando intentábamos copiar las coreografías de Flans o Timbiriche; en el recibidor, volví a verme sentada en la salita negra, viendo a mi papá cambiar el acetato, escuchando a Les Luthier's... Respiré profundo e intenté percibir el olor a canela hirviendo, a vainilla, al pastel de manzana que mi mamá preparaba cada que había algo que festejar o que llorar. Intenté recordar a mis abuelas, a mi tía Carmelina, a Gorky corriendo detrás del armadillo amarillo que alguna vez soñé... Al final no hubo más que decir "Gracias, casa, por todo y por tanto, por tenernos a salvo incluso de nosotros mismos; por abrazarnos, por resistirte a que nos fuéramos, gracias..."
Estoy al borde del paso siguiente. No puedo ir para atrás, la puerta está cerrada y ya no tengo llaves que la abran. Estoy en transit, todavía no me acostumbro a bajar escaleras en lugar de subirlas, el nuevo espacio es pequeñito, casi todo el tiempo estamos chocando... será cuestión de adaptarnos, de dejar de ser patosos y controlar los movimientos para no interferir con el otro... o quizá dejar de tenerle rollo al contacto físico y no fijarnos si chocamos o no chocamos, tomarlo como una caricia, como una llamada de atención a los demás.
A todos quienes compartieron conmigo o con mi familia un pedacito de la "casa absurdamente naranja", sepan que son una parte importante de quienes somos. Esta memoria en letras de mi casa es compartir con ustedes un poquito de lo que soy ahora y lo que estoy por ser.
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